Un resumen que se puede tocar
Cada mañana a las seis, la aplicación deja en la bandeja de entrada un resumen del día: «hoy tienes tres eventos», y luego la lista, por orden de hora. Hasta el 18 de mayo ese resumen se leía, se escuchaba, y ahí terminaba. Desde entonces, tocarlo abre la ficha de la primera cita. Ese mismo día, la vista de mes de la agenda aprendió a mostrar el día elegido debajo del calendario en vez de saltar a otra pantalla, y una cita tocada en la agenda abre ahora la misma ficha que en cualquier otro sitio. Tres gestos, una regla: un texto que nombra una cosa debe llevar a esa cosa.
Las seis de la mañana, una línea por cita
La bandeja de entrada llevaba entonces poco más de una semana existiendo. Recoge lo que la aplicación tiene que decir cuando no estás hablando con ella: un recordatorio que vence, un evento que empieza pronto, y un resumen del día, preparado cada mañana a las seis por una tarea de fondo. Ese resumen ocupa unas pocas líneas. Una frase de cabecera que cuenta los eventos del día, y luego una línea por evento, con la hora y el lugar cuando lo hay, ordenadas de la más cercana a la más lejana.
Es algo bueno que encontrar al despertar. Abres la bandeja, lees, o le pides a la aplicación que lo lea en voz alta, y ya sabes cómo pinta el día. El resumen hace exactamente lo que un resumen tiene que hacer.
El defecto apareció con el uso, y es de lo más corriente. Lees «dentista a las nueve y cuarto», quieres comprobar la dirección, o releer lo que apuntaste al pedir la cita, y tocas la línea. No pasa nada, o mejor dicho, la línea pasa de «no vista» a «vista», que no es lo que pedías. Para llegar a la ficha del dentista había que cerrar la bandeja, deslizar hasta la agenda, buscar el día, buscar la cita. Cuatro gestos para algo que el resumen acababa de nombrar.
Los recordatorios sueltos no tenían ese defecto. Desde hacía unos días, una línea de recordatorio en la bandeja sabía de qué ficha hablaba, y tocarla la abría directamente. El resumen era el único texto de la bandeja que nombraba cosas sin saber dónde estaban.
Un resumen que sabe de qué habla
La razón es sencilla, y es una razón de construcción. El resumen se fabricaba como un texto: la tarea de la mañana leía los eventos del día, componía las líneas, guardaba el resultado y tiraba todo lo demás. Una vez escrito, el resumen no conservaba ningún vínculo con las citas que describía. No podía llevar a ningún sitio porque ya no sabía de dónde venía.
El cambio del 18 de mayo es pequeño y dice algo sobre cómo conviene escribir este tipo de textos. El resumen guarda ahora, junto a su contenido, la lista de las citas que resume, en el orden en que las cita. El texto no ha cambiado ni una coma. Pero ya no es una hoja suelta; es un índice, y un índice remite a páginas.
En el teléfono, la bandeja aprendió a leer esa lista. Un toque corto sobre el resumen abre la ficha de la primera cita del día, la que llega antes. Una pulsación larga conserva el menú que ya existía: marcar como vista o no vista, ir al recordatorio, eliminar.
¿Por qué la primera, y no una elección? Lo pensamos, y lo descartamos. El resumen se lee al despertar, y lo que uno quiere comprobar al despertar, nueve de cada diez veces, es lo que viene de inmediato. Poner un selector entre el resumen y la ficha habría añadido una pantalla para atender el décimo caso. Las demás citas del día están a un deslizamiento, en la agenda, donde de todos modos se ven mejor que en una lista de opciones. Así que el toque va a la más cercana, y es una decisión asumida: si un día el uso muestra que esa apuesta falla a menudo, la lista está ahí, completa, y un selector podría conectarse a ella sin rehacer nada.
Lo que se abre es la ficha de verdad, la que verías al abrir la cita desde cualquier otro sitio, con su dirección, sus notas, su formato. La bandeja se cierra primero, y luego aparece la ficha. Ese detalle de orden no es un capricho: en algunos teléfonos, dos paneles abiertos uno encima del otro se pelean por la pantalla, y eso ya lo habíamos pagado para aprenderlo.
La vista de mes que se escapaba
La agenda vive a la derecha de la pantalla de conversación, a un deslizamiento, desde que un carrusel de tres páginas sustituyó la idea misma de las pestañas. Tiene cuatro vistas, año, mes, semana, día, y la de mes era el problema.
Mostraba un calendario con, bajo cada día, hasta cuatro puntos de color, uno por cada ámbito de la vida presente ese día. Era legible y quedaba bien. Pero tocar un día hacía saltar toda la vista a la vista de día. Solo querías ver qué había el 22, y te encontrabas en otra pantalla, el mes desaparecido, con un botón que buscar para volver. Para comparar dos días había que hacer el viaje de ida y vuelta dos veces. La vista de mes solo servía para salir de la vista de mes.
Desde el 18 de mayo, tocar un día ya no cambia de vista. El calendario se queda donde está, el día tocado se resalta, y el contenido del día aparece debajo del calendario: primero los eventos de todo el día, luego los demás por orden de hora, cada uno con el color de su ámbito en el borde izquierdo y su lugar si lo tiene. Tocas el 22, lees, tocas el 23, lees. El mes no se mueve.
Esa sección del día se presenta de dos maneras, a elegir con dos botones pequeños: en lista, una línea por evento, o en línea de tiempo, la misma que la de la vista de día, con las horas en el margen y cada evento colocado a su altura. La lista va más rápido cuando hay poco; la línea de tiempo enseña los huecos y los solapamientos cuando hay mucho.
Y como un calendario ocupa sitio en la pantalla de un teléfono, una flecha en la barra del día pliega el calendario en una sola línea, el nombre del mes y una flechita, para dejarle toda la altura al día. Tocar esa línea vuelve a desplegar el calendario. La transición está animada, con suavidad, para que el ojo siga lo que se pliega y lo que ocupa su lugar. Y como ahora el día se ve en esta vista, el botón que crea un evento nuevo, hasta entonces reservado a las vistas de día y de semana, apareció también aquí.
El título que nadie leía
De paso se hizo una corrección más modesta, y merece una frase porque ilustra un tipo de defecto que solo se ve en teléfonos distintos del propio. En lo alto del panel había un gran título «Agenda» y, debajo, una línea con el mes o la semana mostrados. En un teléfono estrecho, o con la letra del sistema ampliada, ese título chocaba con los botones de vista a su derecha y quedaba cortado. Se leía «Agen…».
Se quitó, sin más. A este panel se llega con un deslizamiento desde la conversación, y un calendario en pantalla no necesita un panel que anuncie «Agenda» encima. El mes mostrado se lee en el propio calendario, o en la barra plegada. El espacio liberado fue para los filtros y los botones de vista, que ahora respiran. Es un principio que mantenemos desde el principio: una interfaz que no se ve empieza por no nombrarse.
La ficha, no la línea en bruto
El tercer cambio de la agenda es el que menos se nota y quizá el que más cuenta. Hasta entonces, tocar un evento en la agenda abría la vista interna de la memoria, en la línea del recuerdo correspondiente: una ficha técnica, correcta, pero sin el formato, sin las secciones, sin la imagen, sin las casillas que se marcan cuando abres lo mismo desde la conversación o desde el panel de notas y tareas.
Había, por tanto, dos maneras de ver la misma cita según la puerta por la que entraras. Este tipo de divergencia empieza pequeña y acaba saliendo cara: cada mejora de la ficha bonita no llega a la otra, y un día alguien avisa de que «la ficha no muestra lo mismo según de dónde vengo». El 18 de mayo la agenda se conectó al mismo camino que todo lo demás. Un evento tocado en la vista de mes, de semana o de día abre la ficha con formato, nota o lista según su naturaleza. Una sola ficha, sea cual sea el camino.
Esa conexión tuvo una consecuencia que resolver. Una ficha con formato permite borrar lo que muestra. Y si borras una cita desde su ficha abierta por la agenda, el calendario de detrás tiene que enterarse: el punto de color bajo el día debe desaparecer, y la línea del día también. La agenda escucha ahora una señal que se emite con cada borrado, retira de inmediato la línea de su propia lista, y luego recarga desde el servidor para recoger cualquier otra cosa que haya podido cambiar entretanto. Cierras la ficha, y el día ya está limpio.
Tres cosas creadas de golpe, para que conste
Esa misma tarde se resolvió una tercera situación, cuya historia se cuenta en otro artículo, con lo que le enseñó a la memoria. Aquí, solo lo que la pantalla muestra de ella.
Cuando una sola frase crea dos fichas o más, «recuérdame el dentista el jueves y apunta que el código del portal ha cambiado», la aplicación solo mostraba la última ficha creada. La primera quedaba guardada, pero no se veía, y nada decía que hubiera dos. Desde el 18 de mayo, en ese caso, aparece en su lugar un recuento temporal: tantas líneas como fichas creadas, con el tipo de cada una y su fecha. Tocar una línea abre la ficha de verdad. Cerrar esa ficha no te devuelve a la pantalla vacía: vuelves a caer en el recuento, para abrir la siguiente si quieres. Cerrar el recuento lo hace desaparecer del todo; no se guarda en ningún sitio, es un recibo, no una ficha.
Para que ese recibo apareciera en el momento justo hubo que resolver una cuestión de orden entre lo que envía el servidor y lo que muestra el teléfono. La aparición automática de una ficha sola espera dos segundos tras su creación, para no parpadear si otra llega justo detrás. El recuento, en cambio, se envía antes de la respuesta hablada, y cancela esa espera en cuanto se crea la segunda. Sin eso, la ficha sola y el recuento podían llegar desordenados, y ganaba la que no debía. Quien usa la aplicación no tiene por qué saber nada de esto; solo tiene que ver lo correcto, una vez.
Lo que estos gestos tienen en común
Se podría leer este día como tres pequeñas correcciones de interfaz sin relación entre sí. Un resumen que se toca, un calendario que se queda quieto, una ficha que se abre igual desde cualquier parte. Y sin embargo dependen de una sola regla, que a la aplicación le llevó unas semanas formular y que aplica desde entonces: todo lo que nombra una cosa en pantalla debe permitir llegar a esa cosa, en un gesto, sin cambiar de contexto.
El resumen nombraba citas; ahora lleva a la primera. La vista de mes nombraba días; ahora muestra lo que contienen sin escaparse. La agenda nombraba eventos; ahora abre su ficha de verdad. Y el recuento nombra creaciones; cada una se abre, y el recibo espera a que vuelvas.
Lo contrario de esa regla es el texto sin salida: una frase que habla de algo y no lleva a ninguna parte, o lleva a un sitio del que no se vuelve. Una memoria que retiene todo lo que le dices produce mucho texto que nombra cosas. Cada vez que uno de esos textos se convierte en una puerta, la aplicación necesita un poco menos de menús. Así es como, gesto a gesto, se cumple la promesa de no tener pestañas.
